martes, septiembre 16, 2008

CUASI-ENSAYO POR ENCARGO

Escribir un ensayo no es una cuestión simple, máxime si el tema a tratar se relaciona con un jardín. Un jardín es una cuestión abstracta, estética, alucinante y palpable.

Existen tantos jardines que intentar elegir uno es limitar no solo la vegetación que allí reside, sino mis posibilidades sinestésicas.

El lugar elegido no existe. Es una especie de espejismo. Chilcos zigzagueantes entorpeciendo el paso. Chilcos cabizbajos y sombríos.

Intento abrirme camino entre el universo enmarañado de madreselvas .Su perfume me embriaga. Detengo mis lentos pasos y me enredo con las raíces húmedas de los Chilcos.
El Chilco siempre me pareció poderoso. Es una mezcla entre un árbol enorme y una débil planta. Un arbusto aguerrido. El jardín de los Chilcos constituía mi mayor obsesión y secreto de entonces. Era un desafío a la autoridad paterna. Penetrar en el bosque del tranque era volverse invencible.

En un lugar cercano a mi infancia y haciendo un ejercicio de retrospección, visualizo cerca de una vertiente una plantación de arbustos de cuyas ramas penden flores danzarinas vestidas multicolormente, rojo, fucsia, morado, negro.

Aquellas danzarinas oscilan pendiendo de una burda rama con elegancia e indiferencia. Siempre me pareció que fuesen unas niñas que se habían fugado de algún claustro y quisieron disimularse en el campo, columpiándose eternamente.

La vertiente está intervenida .Sus aguas se deslizan direccionadas a un tranque construido de piedras .La vertiente rebelde arrastra pétalos que las danzarinas impúdicamente han dejado caer. Prendas íntimas atrapadas entre las piedras. Se dibujan en el agua siluetas difusas de aquellas niñas-fugadas. Cierro los ojos y la espío entre las ramas.

Está prohibido ir sola al tranque. Hay que alejarse de la casa, de los ojos y de los inspectores de turno. Entonces se crea un dilema. Necesito la silente complicidad de una amiga. Una amiga-estatua. Que no pregunte, no respire para no ahuyentar a las danzarinas desnudas tomando un baño de piedras y musgos. Una amiga que se disimule entre los chilcos. Es preciso espiar aquel tranque sin terceros que alteren la armonía de las danzarinas majestuosos.

Camino entre la vegetación que allí florece, pequeñas flores adheridas a las piedras, flores de la culebra, quisquitos rosados, dedales y otras cuyos nombres nadie conocía y que bautizábamos como Campanitas, flores de agua.

Este particular jardín permanecía siempre húmedo, debido al tranque que allí se había levantado y que subterráneamente a través de largos injertos de plástico proveían de agua a mi casa.
Era un jardín de incesante ruido. Tambores, ecos, sonidos lejanos retumbaban en mi subconsciente. Era el monosílabo canto de la vertiente que reclamaba la suerte de caer atrapada entre las piedras.

Arbustos añosos y frescos, sedientos de primavera, ávidos de luz. Sus imponentes brazos se alzan al viento en señal de protesta.

Su savia se desliza intravenosamente por sus ramas. Los Chilcos dominan imponentes el espacio impenetrado de podadoras y fertilizantes.

Respiro y siento las voces de miles de fugadas niñas que al atardecer cantan al ritmo de la flor de la culebra que repta entre las raíces de incipientes Chilcos próximos a cubrir de sombra aquel privado jardín.

El jardín del tranque en medio de los eucaliptos es también un refugio contra las tempestades que asolan el espíritu de doña Celinda, mentora de mis fantasías. Poetisa, médium, hechicera y auscultadota de almas, quien acudía en días de tinieblas a este privado jardín. Habíamos construido una especie de túnel que nos guiaba a una gruta sacro santa donde aquella mujer, doblaba sus rodillas y frente a un solitario Chilco, rezaba por los ausentes .Debo confesar que jamás comprendí aquel ritual, no obstante el hecho de internarnos clandestinamente me provocaba delirio.

Celinda sufría transformaciones que la llevaban a un inquietante estado de paroxismo, en aquellas peregrinaciones lloraba profusamente y su salinidad fortalecía los cimientos de aquel errante arbusto.

Chilcos violáceos, púrpuras, violeta que juegan con la gama de los rojos.
Lilas y azules confusos y melancólicos.

Musgos, piedras, sombras, fucsias diseminadas en el torrente de un río que acoge las semillas de flores péndulas .Danzarinas misteriosas que hacen malabarismo sobre los soportes de su cráneo.
Corteza imponente y tosca que ha sufrido inclemencias que denotan tristeza cutánea, no obstante las danzarinas oscilan bellas y erguidas.

En este particular contexto y de acuerdo al racconto realizado, mi jardín es un lugar donde danzan las flores de los Chilcos como almas libres de aquellas fugitivas que decidieron enclaustrarse en medio de las sombras. Donde la oscuridad y humedad del jardín se ilumina con las visitas diarias de seres clandestinos que en un acto de procesión profano-celestial conviven secretamente con aquellas danzarinas desertoras.